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Los mercados lingüísticos o el muy particular análisis sociológico de los discursos de Pierre Bourdieu

por Luis Enrique Alonso 

Comenta Cecilia Suárez

Gentileza de la Universidad Autónoma de Madrid

 

En el número 4 de Tomar la palabra, afirmabamos que:

"En cada mercado lingüístico comunicativo el sector predominante hace suyo como posesión privada al lenguaje (a pesar de que la lengua como capital lingüístico constante es algo público y social) en las tres dimensiones siguientes:

  • control del código o los códigos y de las modalidades de codificación;
  • control de los canales, es decir, de las modalidades de circulación de los mensajes;
  • control de las modalidades de decodificación e interpretación.  

Y, tras analizar el tema postulábamos la siguiente conclusión:

Como consecuencia, el hombre se niega a sí mismo en su rol activo de productor del lenguaje, afirmándose como mero portador (portavoz), repetidor y víctima del proceso social de la producción lingüística (*). 

La capacidad de producción del lenguaje es una cualidad constitutiva de lo humano. Si sus mismos productos, los ‘producidos’(**) del hombre, se organizaron en sistemas por encima y en contra de él, el hombre no pudiendo ya ser lingüístico, necesariamente se vuelve sub-humano. Está por debajo de sus propios productos, literalmente.


(*) lo que Marcuse llamó "lingüística de la represión"

(**) redundando... ¿se advierte claramente el ‘participio pasivo

Recordando este estudio, resulta interesante abordar el análisis que realiza Luis Enrique Alonso, que publicamos por gentileza de la Universidad Autónoma de Madrid:

 

Los mercados lingüísticos o el muy particular análisis sociológico de los discursos de Pierre Bourdieu
Luis Enrique Alonso

Universidad Autónoma de Madrid

Departamento de Sociología
Facultad de Ciencias Económicas
Universidad Autónoma de Madrid
28049 - Madrid, Spain

luis.alonso@uam.es

 

1. Introducción  

La enorme repercusión que en los últimos años han tenido los trabajos socioló-gicos

de Pierre Bourdieu ha creado una especie de espejismo en la recepción concre-ta

de su obra, de tal manera que ya sea por la vía del deslumbramiento teórico –que

lleva a utilizar las categorías de análisis propuestas por el autor francés sin ningún

tipo de reanálisis, adaptación o salvaguarda teórica–, ya sea por la vía de la polémica

abrupta y personal –donde autores enfrentados y antiguos colaboradores separados

de su maestro, mezclan temas personales, políticos y teóricos en una gelatina de

temas poco propicios para el debate intelectual sosegado–, nos hemos encontrado

ante una extraña situación en la que brillan por su ausencia lecturas que evalúen las

aportaciones reales de su obra y todavía estamos a la espera de aportaciones que se

despeguen de la “bourdieumanía” o de la “bourdieufobia”, para entrar en el análisis

mesurado, crítico y concreto de sus esquemas de análisis 1 .


En el artículo que ahora iniciamos (y como mejor homenaje a la figura del

sociólogo francés en este triste momento de su reciente fallecimiento), pretendemos

r evisar un concepto central en la posible sociolingüística de Pierre Bourdieu, con-cepto,

por cierto, que da sentido al análisis sociológico de los discursos que propone,

también muy polémicamente, el propio Bourdieu. Nos centraremos así en el uso y

d e s a rrollo del concepto de m e rcado lingüístico, sin intentar dar ningún ve r e d i c t o

general o final para la sociología de este autor francés, sino por el contrario, utilizando

sus líneas temáticas para hacer una reflexión detenida del particular lugar que

ocupa el análisis de los discursos en la práctica sociológica.
 

Además, el concepto de mercado lingüístico se ha incrustado en el conjunto de

h e rramientas que utiliza habitualmente la sociolingüística actual, y ya sea en las

recientes presentaciones anglosajonas de la disciplina (Mesthrie, Swann, Deumert &

Leap, 2000: 316-353), ya sea en las introducciones francesas a este área de conoci-miento

(Calvet, 1998: 78-81; Boyer, 1996: 25-32), nos encontramos ya indefectible-mente

con un capítulo dedicado a los mercados lingüísticos en la versión de Bourdieu

y su escuela, tomado como uno más de los tópicos intelectuales que construyen

el mainstream de la última teoría sociolingüística.

 

La presencia del concepto de mercado lingüístico no ha dejado así de aumentar

–incluso en intentos de construcción de aplicaciones metodológicas o instrumentales

formales (Sankoff & Leberge, 1978)– y este aspecto de la muy extensa labor sociológica,

tanto temática como ya temporalmente, de Pierre Bourdieu, ha seguido lla-mando

la atención académica. De hecho en Francia se ha reeditado recientemente el

libro que Bourdieu monográficamente dedicó a los temas del lenguaje –su ya clásico

¿Qué significa hablar?. Economía de los intercambios lingüísticos ( 1 9 8 2 / 1 9 8 5 )con el título y la presentación de John B. Thompson, que toma de su versión inglesa

–ahora Langage et pouvoir symbolique (2001a)–, así como con algún artículo más

dedicado al tema de lo popular, al espacio de representación de las clases sociales y

una pequeña introducción inédita a la última parte del libro que toma el muy revela-dor

subtítulo de “Pour une pragmatique sociologique”.

 

2. Los mercados lingüísticos o la lógica de la dominación económica

ampliada y aplicada al marco del lenguaje

 

El conjunto de determinaciones institucionales que las situaciones sociales de

referencia proyectan sobre las interacciones lingüísticas y la producción discursiva

son conceptualizadas por Bourdieu como un mecanismo de mercado. Los mercados

de la interacción que dibuja Bourdieu no son mercados de intercambio entre valores

iguales y soberanos, son situaciones sociales desiguales que llevan emparejados procesos

de dominación y censura estructural de unos discursos sobre otros. Los dife-rentes

productos lingüísticos reciben, pues, un valor social –un pre c i o–, según se

adecuen o no a las leyes que rigen en ese particular mercado formado por un conjun-to

de normas de interacción que reflejan el poder social de los actores que se

encuentran en él. Las leyes de formación de precios en cada mercado lingüístico,

que son las que dictan la aceptabilidad de los discursos y la legitimidad del habla, se

construyen en contextos socio-históricos concretos y en función de las prácticas de

los sujetos implicados en la negociación de los valores, cuyo poder, a su vez, está

marcado por su posición estratégica en el espacio social de referencia 2 .

 

La estructura social del mercado lingüístico determina así qué es lo que tiene

más valor en el intercambio lingüístico, y los discursos no son otra cosa que las juga-das

prácticas con las que los sujetos intervienen en un mercado lingüístico, tratando

de aumentar sus beneficios simbólicos, adaptándose a las leyes de formación de los

valores y a la vez poniendo en juego su capital lingüístico, social y culturalmente

codificado. El discurso, por tanto, lejos de cualquier código formal, lleva para Bour-dieu

la marca social –el poder y el valor– de la situación en que se ha producido. La

misma producción del discurso se realiza anticipando sus condiciones de recepción

en el mercado lingüístico, no tanto mediante la realización de un cálculo estratégico

individual como por la adhesión naturalizada a los valores dominantes estructurantes

y estructurados, en forma de habitus, en el propio mercado.

 

De esta forma, Bourdieu va a extender su terminología y enfoque general para

el análisis de las prácticas sociales –como prácticas de distinción, enclasamiento y

desclasamiento– a la producción de discursos en los marcos de interacción lingüísti-ca.

El mercado lingüístico conforma el campo de la interacción con sus leyes parti-culares

de aceptabilidad de los discursos y prácticas lingüísticas, como un conjunto

de relaciones de fuerza y dominación lingüística; mercado donde se hacen va l e r

capitales lingüísticos y simbólicos provenientes de posiciones sociales consolidadas,

a partir de estrategias ex p r e s ivas (como la hipercorrección que ejercitan las clases

medias en su lucha por el enclasamiento, o la hipocorrección controlada, la informa-lidad

o la campechanía que muestran los que están en posiciones muy seguras de

dominio social para hacer observar que tienen poder hasta para eludir la norma lin-güística

o simbólica en su provecho), que son disposiciones y competencias comuni-cativas

aprendidas, naturalizadas y cristalizadas en forma de habitus preconscientes.

El intenso uso de la nomenclatura y el utillaje económico de filiación marxista,

debidamente adaptados a los intercambios simbólicos (valor de uso, valor de cam-bio,

plusvalía, capital, renta, debidamente apellidados aquí como lingüísticos), en los

análisis sociolingüísticos de Bourdieu, está destinado a hacer visible cómo se articu-la

y se ejerce el poder simbólico, a través de la producción y la circulación de los

discursos, dentro de un mercado en el que el valor y el prestigio que puede traducir

una formación discursiva se constru ye en el juego de interacciones que crean las

acciones y decisiones de los grupos de poder establecidos en un campo social. Es en

este mercado donde se establecen las condiciones que los discursos deben presentar

para ser reconocidos como competencias lingüísticas efectivamente solventes y, por

ello, como capital lingüístico que produce beneficios en forma de autoridad y presti-gio

en la interacción social.

 

El valor general de los discursos está en función, de esta forma, de los poderes

de aquellos grupos que tienen la capacidad de intervenir con resultados sociales

efectivos en el mercado lingüístico. El valor particular de cada enunciado depende,

igualmente, de la habilidad que tenga cada sujeto de convencer a sus virtuales recep-tores

de la legitimidad, autoridad y ajuste a las fuentes de poder de su discurso específico.

Por lo tanto, la performatividad de los actos de habla sólo se puede explicar

por la fuerza delegada que le otorgan a los discursos los grupos sociales que construyen

conflictivamente las leyes del mercado lingüístico, en cuanto que escalas de

valores con las que se evalúa la eficacia simbólica real y el poder efectivamente ejercido

por los hablantes en los intercambios comunicativos.

 

Por lo tanto, los discursos sólo cobran su valor –y su sentido– en relación con

un mercado, construido por un conjunto de leyes concretas de formación de precios.

El valor real del discurso sólo depende de la relación de fuerzas que se establ e c e

efectivamente entre las competencias lingüísticas de los locutores entendidos no sólo

como capacidad de producción, sino también como capacidad de apropiación de los

capitales simbólicos que circunscriben el campo en el que se realiza la interacción

comunicativa. De esta forma, el poder del discurso –como poder lingüístico, como

poder simbólico– se muestra en la capacidad que tienen los diferentes agentes que

actúan en el intercambio para imponer los criterios de validación más favo r a bl e s

para sus productos lingüísticos.

 

Bourdieu, de esta forma, considera que la base, unidad y coherencia formal de

ese desigual y fragmentado espacio conformado por un conjunto de mercados lingüísticos

lo establece la autoridad institucional de la lengua oficial. Por ello, el autor

francés considera que la lengua estándar crece con el Estado en su génesis y en sus

usos sociales legitimados. El mismo proceso de formación del Estado es el que crea

las condiciones para la constitución de un mercado lingüístico unificado, esencial-mente

normalizado y dominado por la lengua oficial. Institución política e institución

lingüística son así indisolubles –ya sea en los mercados genéricos de la lengua ofi c i a l

o en los mercados lingüísticos internos de los diferentes campos (profesionales, académicos, laborales, artísticos, etc.) donde se producen intercambios simbólicos sobre

un espacio de poder concreto– y, en un último nivel, la lengua del Estado transmitida

a través de las instituciones (escuela, administraciones públicas, normas de aceptación

ciudadana) se conv i e rte en la norma teórica con la que se miden objetiva m e n t e

todas las prácticas lingüísticas. En suma, la lengua estándar es producto de la domina-ción

política constantemente reproducida a través de las instituciones, a la vez que es

un instrumento simbólico de poder que regula las prácticas lingüísticas.

 

3. La propuesta sociolingüística de Pierre Bourdieu

 

Bourdieu trata de superar el carácter fenomenológico y microsituacional de la

etnometodología y la sociolingüística norteamericanas integrando su visión del len-guaje

en su teoría del habitus y del sentido práctico (Bourdieu, 1991a). Por otra par-te,

la teoría lingüística derivada del inconsciente epistemológico del estructuralismo

parte de la posición del observador externo; a partir de lo cual se tratan los discursos

como textos a decodificar en un proceso en que los textos aparecen para ser desci-frados,

hallando su estructura subyacente y su lógica de composición interna. Este

enfoque olvida radicalmente, según Bourdieu, lo fundamental: que la práctica dis-cursiva

es una práctica que funciona en un contexto de posiciones sociales prefigura-das

y que tiene igualmente su sentido en la búsqueda de efectos sociales. El fetichis-mo

de la lengua y de la lingüística privilegia la visión de un intelectual que puede

diseccionar, disecar, analizar y clasificar textos y partículas obviando o despreciando

los poderes –a la vez históricos e inmediatos– que se ponen en juego en lo que parece

un puro acto de enunciación verbal.

 

Las habilidades lingüísticas, al igual que todas las competencias sociales, se

adquieren en la práctica, a través de un proceso de aprendizaje y socialización en las

normas discursivas del grupo en el que el sujeto es producido. Los discursos repro-ducen

los esquemas fundamentales de la división del mundo social, los sujetos

adquieren las competencias sociales –incluidas las lingüísticas–, que las construyen

y las constituyen, no como individuos abstractos –una especie de homo lingüisticus–

sino como un grupo social. Del mismo modo, la producción de enunciados se realiza

en situaciones sociales, y para adaptarse estratégicamente a esas situaciones sociales

el sentido de los discursos es el sentido de estas situaciones sociales y de la manera

de adecuarse a ellas; es un sentido práctico que de manera inconsciente o preconsciente

–aunque no por ello reprimida o alienada– utiliza el mundo del lenguaje para

construir el mundo de lo social. Por lo tanto, el lenguaje no se entiende ni se construye

en su fuerza real desde sí mismo –en su lógica, en su gramática, en su estética–,

sino desde su sentido práctico en el campo social.

 

Los procesos de interpretación y análisis de la significación de los discursos

deben hacerse, pues, siguiendo este sentido práctico; sentido que al ser también la

composición y la interacción de diferentes habitus, acaba componiéndose, naturali-zándose y aceptándose como un sentido común que iguala y legitima lo que es una construcción de poderes lingüísticos desiguales y arbitrarios. El análisis del discurso tal como lo propone Bourdieu es una conquista contra el sentido común de la enunciación

–la doxa–, una ruptura epistemológica contra todo lo que parece fuera de los

dominios de lo social y que, sin embargo, hay que colocar en lo social más inmedia-to,

como un oficio de auténtica heterodoxia, para poder comprender el acto de hablar

mismo. Lo esencial de su conclusión es que las diferencias entre posiciones sociales,

más que las posiciones mismas, son lo que está en juego en el mundo del lenguaje (y

del consumo, y del derecho, y del arte, etc.), y el orden simbólico del decir queda

definido no por una lógica significante, sino por un conjunto de diferencias de situa-ción

(estructuras estructuradas) y de posición (estructuras estructurantes) en siste-mática

expansión conflictiva. Las diferencias de posición no tienen fin, se renuevan

permanentemente –no están limitadas ni por recursos escasos ni por los niveles de

riqueza disponibles– en la dinámica social misma; el juego del lenguaje se produce

en la rivalidad de las posiciones sociales y en esta rivalidad se producen siempre

diferencias nuevas y se acumulan capitales simbólicos que estimulan a producir nue-vos

discursos y jugadas simbólicas. De ahí que la institución que por analogía Bourdieu

elige para representar los intercambios lingüísticos sea el mercado.

 

Los mercados lingüísticos se definen así a través de prácticas simbólicas relacionales,

de clase, económicas en un sentido total, de fuerza de sentidos y significados.

El análisis del discurso se conv i e rte por ello en un análisis estructural de las

relaciones de clase, lo que implica tener en cuenta no sólo determinaciones económicas,

sino también prácticas culturales y cadenas simbólicas que constantemente

reproducen las formas de subjetivación del sistema de posiciones sociales y las for-mas

de exteriorización de la subjetividad como jugadas de posicionamiento y reposicionamiento

en la red de relaciones sociales. La dicotomía del marxismo ortodoxo

entre lo ideológico y lo económico es sobrepasada en el planteamiento de Bourdieu,

construyendo una economía general de las prácticas en las que los sistemas simbóli-

cos –el arte, la religión, la lengua– tienen una función estructuradora y totalizadora,

inseparables del mundo objetivo.

 

La idea de mercado lingüístico trata de representar el lenguaje a partir del con-junto

de elementos de estructuración del espacio social y la profundidad de sus con-secuencias.

El enclasamiento y la distinción de clase son las fuerzas que ordenan,

organizan y reconstruyen el campo lingüístico como un espacio social que se presen-ta

fragmentado por un conjunto de relaciones que definen las diferentes partes en

conflicto. La hipótesis general de la distribución de los agentes sociales en un espa-cio

de clases que tiene efectos en todos los dominios de la práctica se expresa en el

lenguaje y los intercambios simbólicos de los agentes. La lucha de clases se expan-de,

así, a todos los ámbitos –económico, político, cultural, lingüístico– y el ejercicio

del poder se demuestra a través del poder simbólico que enmascara la dominación

presentándola como realidad legítima cuando en realidad se basa en la ocultación de

su base, esto es, la posesión y el acaparamiento de diferentes tipos de capital 3 . La

violencia simbólica responde a la desigual distribución del capital lingüístico y cul-tural,

estableciendo un sistema de censuras que reproduce la dominación en el campo

simbólico, traduciendo la lucha de clases en un sistema de intercambios comuni-

ca t ivos. El lenguaje como institución renueva la estructura dominante de

distribución desigual del capital cultural, legitima la desigualdad, naturaliza la exclusión

y participa en la reproducción del orden social, imponiendo la violencia simbólica,

induciendo códigos, pero otorgando, a la vez, la fantasía de la libertad, la crea-ción

y el mérito individual; estamos, en suma, en una práctica de d i s t i n c i ó n q u e

mantiene las distancias de las posiciones sociales.

 

El análisis del discurso por Bourdieu es así un análisis de la producción lingüísti-ca

como un conjunto indiv i s i ble de los productos y de los agentes productores, y en

tanto que estos están situados en un sistema relativamente autónomo de posiciones

–el mercado lingüístico– y poderes en competición por la conquista del prestigio y de

la autoridad. No existe una exacta coincidencia entre la dominación económica y las

diferentes formas de dominación simbólica, lo que existe es una composición de estas

diferentes formas y una h o m o l og í a entre los c a m p o s. La dominación f inal es una

sumatoria lógica de los diferentes campos y el estudio de la lengua sólo puede reali-zarse

en ese conjunto de fuerzas que enmarcan el sistema de dominación; los discur-sos

se generan, se aceptan y se valoran en él y sólo en él pueden ser interp r e t a d o s .

El modelo de análisis del lenguaje en Bourdieu es, pues, la evaluación de todas

las consecuencias de las estructuras sociales y de las estructuras simbólicas. El ajus-te

del sistema de posiciones y relaciones sociales es condición necesaria para el aná-lisis

de las producciones lingüísticas. Siguiendo las cadenas de prácticas es como se

pueden observar los efectos reales del habla, y los comportamientos lingüísticos

i n d ividuales tienen su eficacia simbólica en cuanto que son valorados al producir

distinción, reconocimiento y diferenciación social. Los actos particulares de habla,

por lo tanto, no se producen como actos racionalizados, individualizados y calcula-dores,

sino como exteriorización práctica de un habitus que aquí es un habitus lin-

g ü í s t i c o, definido por un conjunto relacionado de disposiciones adquiridas, esque-mas

de percepción y de apreciación de la realidad, así como de actuación en ella,

inculcados en un contexto social y una situación histórica determinada. El habitus es

simultáneamente productor de prácticas sociales simbólicas e ideológicas, construyendo

una g ramática ge n e ra d o ra de prácticas, mediadora entre las relaciones

socialmente objetivas y los comportamientos individuales, producto, a su vez también,

de la interiorización de las condiciones objetivas y de las estrategias de adaptación

de los actores a un campo.

 

La interiorización o aprehensión perceptiva –sensible y/o imaginaria– se completa

con la exteriorización de los esquemas inconscientes del pensamiento por los que se

valoran las prácticas que los agentes realizan a través de la ilusión “bien establ e c i d a ”

de la espontaneidad y la libertad radical de los actos lingüísticos. Sin embargo, seg ú n

Bourdieu todos los pensamientos, percepciones y acciones están de acuerdo con las

regularidades objetivas de las relaciones de clase. Los h ab i t u s de clase son tal cual,

p o rque producen que los agentes se comporten de una manera que perpetúa las rela-ciones de clase, reproduciéndolas y renovándolas. Los habitus lingüísticos son, en el

campo del lenguaje, los elementos de anclaje de la reproducción cultural, y los discur-sos,

las estrategias de los actores para moverse en ese campo sacando el mayor beneficio

simbólico posible; por ello, al ser este campo estructuralmente desigual y estar

j e r a rquizado bajo la apariencia de intercambios iguales y creativos, lo que existe es la

imposición de los capitales simbólicos de las clases dominantes. La fuerza de la lengua

no viene pues de su estructura formal sino de su actividad relacional en forma de mercado,

donde todos acuden a intercambiar para obtener beneficios, pero unos son capaces

de obtener plusvalías y otros, sin embargo, son expropiados de sus exiguas riquezas,

aunque en la presentación liberal del lenguaje (y la economía), todos seamos

sujetos soberanos y el intercambio cree riquezas para todos.

 

En toda situación social vamos a hallar tanto modelos socioculturales de acep-tabilidad

y censura de los discursos generados en contextos determinados, como

individuos con determinados habitus (esquemas interiorizados –hasta su incorpora-

ción corporal– que compatibilizan la competencia comunicativa con el sentido como

valor y producción social), así como con diferentes niveles de capital simbólico y

lingüístico, según los cuales existirán mayores o menores posibilidades de poder

definir la situación y modificar la estructura de lo decible. Es en la intersección de

este complejo conjunto de relaciones donde se va a producir el discurso y donde

debe analizarse e interpretarse.

 

El proyecto sociolingüístico de Bourdieu se tiñe así de una rara originalidad. No

es el primero que habla de mercados lingüísticos; de hecho, la primera búsqueda sistemática para encontrar una homología estable entre el análisis económico –de origen

marxista– y el análisis semiótico la hizo el autor italiano Ferrucio Rossi-Landi

en su muy conocido texto El lenguaje como trabajo y mercado (1968/1970), donde

se consideraban las mercancías como mensajes y los mensajes como mercancías y

donde se elaboraba toda una semiótica ampliada del orden social completo como

proceso de producción sígnica, con todos los corolarios lógicos y esperables de un

punto de partida como este (equivalentes generales, explotación, ideología). Pe r o

desde todo punto de vista, y aunque existan evidentes semejanzas terminológicas, la

intención teórica de Bourdieu es muy distinta. Si en Rossi-Landi (1970, 1976) había

un programa dirigido a saturar, con una teoría marxista del valor ampliada (donde se

reconoce el conflicto y la explotación en el ámbito de los sistemas comunicativos),

la habitual teoría de raíz saussuriana de los valores lingüísticos particulares, ordena-dos

y sistematizados lógicamente en su diferencia semiológica, por el contrario,

Bourdieu se centra en los efectos sociales del discurso, no preocupándose como

Rossi-Landi por hacer una nueva lingüística marxista, sino estudiando las estrategias

del habla de los diferentes grupos sociales que son estrategias de dominación, de

adaptación, de resistencia o de enclasamiento en el ámbito del lenguaje.
 

De esta forma, la sociolingüística de Bourdieu se va diferenciando de las líne-as

habituales por las que han avanzado los diferentes proyectos de encuentro entre

lengua y sociedad en los últimos cien años. Es evidente que la diferencia con res-pecto

al estructuralismo de origen lingüístico es radical, criticándole la confusión

sistemática entre estructura social y estructura simbólica, la consideración de la

lengua como un sistema preconstruido y cerrado, y la idea de que la naturaleza

social de la lengua, que es una de sus características inalienables, queda ex p u l s a d a

y sustituida por una descripción de la arquitectura interna, formal y combinatoria, a

la que se entrega la lingüística profesional dejando fuera la principal norma de formación

del lenguaje: la relación de dominación social. Pero si la representación

puramente objetivista y estructuralista del sistema lingüístico no permite comprender

ni su funcionamiento ni su fuerza cotidiana, la representación puramente feno-menológica

de los rituales lingüísticos, aunque permite una descripción viva, tampoco

es capaz de analizar las relaciones entre las producciones subjetivas de los

agentes en los intercambios lingüísticos y las estructuras sociales de dominación y

reproducción del poder.

 

 

De ahí procede el reclamar ese h ab i t u s lingüístico como la aprehensión y la

expresión subjetiva de la lógica objetiva de la organización social, en un proceso de

interiorización de lo exterior regulada por factores genético-adaptativos adquiridos

en el proceso mismo de socialización del individuo como modo de percepción y

relación conductual con otros individuos. Bourdieu se posiciona, por tanto, contra

cualquier ilusión de las competencias comunicativas como creadoras de un indiv i-duo

libre no sometido a las acciones y reacciones de fuerza de los campos sociales

en los que se mueve, así como de la exaltación de la creatividad y plasticidad de los

grupos lingüísticos populares, dominados o marginados.

 

Por ello, nos encontramos en la obra de Bourdieu serias correcciones al idealismo

c o m u n i c a t ivo de un Habermas, puesto que la comunicación no sólo puede ser entendida en términos de la comunicación misma, o a la pragmática analítica de un 
A u s t i n , por ser incapaz de explicar de dónde viene la fuerza perform a t iva de las palabras, sin olvidar la etnolingüística y la sociolingüística norteamericana, por ejemplo, de Lako ff o de Labov, en la que se empieza por la observación supuestamente neutral pero fa s c inada de las variaciones de estilo, sobre todo de las versiones populares del idioma, y se acaba reclamando implícita o explícitamente una inversión de valores sobre lo tradicionalmente establecido (lo culto y lo popular) sin estudiar las funciones del lenguaje en el entramado de fuerzas sociales que modela la producción lingüística.

 

De todo esto se deduce, además, una crítica a la simple validación del estudio

del lenguaje por el carácter popular o natural de las expresiones lingüísticas que se

describen. Por ello, y en sentido contrario, en Bourdieu existe el proyecto de generalizar

y dotar a la filosofía analítica del lenguaje de la base sociológica de que carece

y de proporcionarle un análisis total de las condiciones sociales que posibilitan el

proceso de generar los efectos que describe. Con este fin, se utilizan la homología

económica y las reglas del mercado lingüístico como formas de producción y 

reproducción de la lengua legítima en procesos de atribución de precios y previsión de

beneficios 4 . 


El círculo se cierra, pues, disolviendo el lenguaje en la sociedad, y la

sociedad se muestra como economía general (material y simbólica) de prácticas y

contraprácticas de clasificación y dominación.

 

4. De la sociología del lenguaje al sociologismo sin lenguaje, o los límites

del modelo interpretativo de Bourdieu

 

Es evidente que la aportación de Pierre Bourdieu al acercamiento entre la

sociología y la lingüística ha sido enorme. Además, como desde muchos puntos de

vista se ha argumentado, la disciplina tradicional de la sociolingüística como mar-

chamo académico regularizado se había venido dedicando más a problemas estricta-mente

lingüísticos (cambio o variación lingüística, idiolectos y sociolectos, nacionalismo

y lenguaje, hipercorrección, habla común, o cualquier otro tema sobre la influencia

de lo social en la lengua) que a temas de corte realmente sociológico. En este sentido,

el esfuerzo de Bourdieu por romper los principios de inmanencia lingüística que se

a rrastran desde Saussure y que ha lanzado al estudio del lenguaje hacia una especie de

“lingüística del cerebro” (realizada sobre sistemas de oposición y de transform a c i ó n

lógica), ha sido contundente y hasta fascinante, sobrepasando con mucho las posiciones

más avanzadas de la etnolingüística y la sociolingüística norteamericanas, fuertemente

influenciadas por el interaccionismo simbólico y, por lo tanto, mucho más cen-tradas

en los procesos de construcción lingüística de la microsituación social que en

demostrar –como pretende Bourdieu– que los códigos lingüísticos son parte de un

capital simbólico que, a su vez, valoriza, produce y reproduce lo social genérico.

Bourdieu explica, pues, el habla por el contexto social, y su noción de contex t o

no aparece como situación p a r t i c u l a r, tal como se presenta en todas las versiones del pragmatismo “micro” o del interaccionismo, sino que Bourdieu lo lleva hasta un

espacio social y concreto, pero no concreto por la limitación o la supresión de las

d e t e rminaciones generales, como hacen los pragmatistas, sino precisamente por todo

lo contrario, por hacer entrar en liza todas las sobredeterminaciones sociales posibl e s .

 

Pero quizás, como tantas veces, la gran aportación de Bourdieu se vuelve contra

sí misma y su contribución a la sociolingüística no puede ocultar una deriva no tanto

sociológica como sociologista, en una de las versiones más estrictas de lo que entendemos por s o c i o l og i s m o (Rancière et al., 1994), esto es, la pretensión de ex p l i c a r sociológicamente todos y cada uno de los aspectos de la realidad humana, lo que en última instancia no es más que un determinismo o un reduccionismo sociológico que

tiende a explicar los fenómenos de la civilización, la mente y la cultura exclusiva-mente

mediante formas de organización y estructura social (Searle, 2001: l03-123).

 

Si los juegos del lenguaje son infinitamente abiertos y libres en el pragmatismo

analítico, los juegos del lenguaje en Bourdieu son eternamente cerrados y reproducivos, y los sujetos existen por y para realizar su h ab i t u s. En este punto, la matriz

durkheimiana de la sociología del lenguaje de Bourdieu es evidente, y donde en el

clásico autor francés se dibujaba una solidaridad orgánica y una consciencia colecti-va

funcional, en nuestro sociólogo contemporáneo hay un modo de dominación

orgánica, con un sistema de habitus no menos funcional en su diferencia y valor de

distinción. De la misma forma, su filiación al denostado estructuralismo lingüístico

sigue siendo inocultable, y lo que en Saussure era un “comunismo lingüístico” –la

expresión es del propio Bourdieu: por ejemplo, en Bourdieu & Wacquant, 1994:

123-126–, con diferencias y valores ordenados en el sistema de la lengua, aquí no

deja de ser un capitalismo lingüístico (no hay otra cosa detrás de la noción de mercado

lingüístico), con diferencias y valores ordenados y reproducidos por el sistema de

dominación social.

   

El hecho social durkheimiano –objetivo que se impone sobre los sujetos– y que

tanta importancia ha tenido en la propia formación del paradigma estructuralista en

la lingüística, vuelve a reaparecer en la concepción que presenta Bourdieu del lenguaje,

pero esta vez cargado del funcionalismo de la dominación, con escasas –por

no decir nulas– aperturas a la praxis o al dialogismo. La inteligente maniobra de

Bourdieu, muchas veces más terminológica que real, de atribuir al habitus, y funda-mentalmente  al h ab i t u s lingüístico, el carácter no sólo de estructura estru c t u r a d a , sino el de estructura estructurante (es decir, formadora de prácticas), no deja de

seguir otorgando un carácter excesivamente reproductivista al plan de análisis social

propuesto por Bourdieu 5 .

 

Centrar, como hace nuestro autor, el análisis del discurso casi exclusivamente

en la violencia simbólica, planteada como una reconstrucción necesitante, frente a la

comprensión participante de, por ejemplo, la hermenéutica contemporánea, nos lle-va

peligrosamente hacia el monologismo, un monologismo crítico y denunciador de

la dominación, pero monologismo al fin y al cabo. En la idea de la reconstrucción

necesitante (Bourdieu, 1995: 442-443) hay una pretensión de objetivismo y descrip-ción

(denuncia) del campo de fuerzas que ha producido las expresiones lingüísticas

(los discursos son necesarios en un campo conflictivo) que deja fuera las capacida-des

de interpretación de los factores (empezando, como pretende Gadamer, 1998:

11-27, a interpretarse a sí mismo en diálogo con el enunciado o la obra), o las posibilidades

de acción comunicativa del lenguaje de los sujetos sociales, donde no sólo

se pone en juego un interés instrumental, sino también un interés hermenéutico o

incluso un interés emancipatorio. Abrir el mundo del lenguaje al dialogismo es, sin

obviar el marco de la dominación social, apreciar también las capacidades de autoorganización y autorreflexión de los sujetos, de construcción y atribución del sentido

por parte de los propios actores, y no sólo la descripción de cómo los sentidos de los

poderosos se imponen a los dominados (Habermas, 1991).

 

Y es que, aunque se haya pretendido lo contrario, es este bloqueo de Bourdieu

para pensar lo dialógico en todas sus versiones, el que genera la imposibilidad

estructural de nuestro autor para acercarse, desde sus planteamientos epistemológi-cos

y metodológicos, a conceptos imprescindibles en el análisis sociológico de los

discursos como son el de la polifonía o el del mundo de la vida cotidiana (Alonso,

1998; Alonso & Callejo, 1999). Así, consecuentemente con estos planteamientos,

que se arrastran en la obra de Bourdieu desde la época de libros como El oficio del

s o c i ó l ogo (1973/1976), en el que se plantea el conocimiento como una conquista

contra el sentido común, una doxa con la que hay que cortar y separase en la crítica

(Bourdieu, Chamboredon & Passeron, 1976), todo lenguaje “popular” es considera-do

como una ausencia de poder, algo que se entiende por el poder que no tiene, por-que

en la homología con la economía que aquí se despliega, tiene escaso capital sim-bólico

o lingüístico. Todo lo contrario del planteamiento de Mijail Bajtín, en el que

todo acto lingüístico es un acto que necesita del otro, como otro concreto, que impli-ca

ideología pero que por eso mismo implica acción, creación y reacción, p ra x i s

social que se produce desde todos los espacios de la estructura social 6 .

 

 

De esta manera, muchos autores han subrayado la dimensión creativa del acto

lingüístico, inseparable de la estructura social, pero no por ello puramente reproductivo

de ella. Si Zygmunt Bauman (2002: 245, 289) defiende el carácter de p ra x i s d e

toda cultura, más allá del funcionamiento de c u l t u ra como concepto o como estru c t ura, Cornelius Castoriadis (1997) nos define las propiedades del lenguaje no sólo en su

dimensión i n s t i t u i d a, sino también en su dimensión i n s t i t u y e n t e, y, en suma, se nos avisa de que el lenguaje no es sólo sistema, ni sistema lógico inmanente –como propone el estructuralismo lingüístico antropológico– o un sistema de dominación social

–como pretende Bourdieu–, sino también una p ra x i s c o n f l i c t iva que se produce en el mundo de la vida cotidiana. La versión más abierta de este enfoque la realiza Michel

de Certeau (1990) cuando habla de la i nvención de lo cotidiano para recobrar el

carácter intersubjetivo y creativo del lenguaje, puesto que una de las funciones espe-       

cí f icas del lenguaje consiste en construir sentido, en crear signif icados intersubjetivos

más allá de la simple denominación o descripción unilateral. Siempre hay relaciones

ambiguas –por abiertas– entre los productos culturales (y lingüísticos) y las prácticas

culturales (y lingüísticas); el consumidor cultural es también productor, produce sen-tido

cotidiano al consumir, los sujetos son capaces de modificar la intención predeter-minada

en los productos lingüísticos y cambiar su sentido. Esta capacidad reflex iva

del lenguaje es la que hace que la ideología no sólo tenga un carácter reproductivo

ocultador y deformante, sino también creativo, inve n t ivo y resistente.

 

Ya frontalmente contra Bourdieu, Michel de Certeau (1990) se pronuncia contra

la imagen de radical pasividad para la creación de sentido que tiene el concepto de

práctica en Bourdieu, prisionero del habitus y reducido a usos lingüísticos plantea-dos

como supuestas estrategias para ganar poder, que por variados que se presenten

son eternamente reproductivos, calculadores, estratégicos. Pero Certeau y otros auto-res

7 , nos recuerdan también el carácter gratuito y de don que tienen muchos de nuestros

actos culturales y lingüísticos; la comunicación es estrategia, pero también es

cooperación y donación; es reproducción, pero también es reconstrucción, relabora-ción

e incluso invención a partir de materiales preexistentes. En la condición de suje-to

está la condición de productor de narraciones, narraciones que unifica sustancial-mente

a prácticas culturales, lingüísticas, sociales, etc.; cada producción, diría

Certeau, es una reelaboración, una redefinición desde la experiencia, que implica no

sólo aceptación sumisa, sino resistencia creativa. Bourdieu, por tanto, había plantea-do

muy bien la dimensión de la dominación simbólica del lenguaje, pero se habría

despreocupado de la dimensión donación y cooperación o, incluso, de la dimensión

reconstrucción y resistencia, algo que no se puede dejar fuera en los juegos pragmá-ticos

que toda práctica comunicativa comporta.

 

5. Conclusión: luces y sombras de la sociolingüística de Bourdieu

 

La sobrepolitización del análisis del lenguaje que realiza Bourdieu tiende a

s o b r e r representar el carácter de age n c i a –de productor y reproductor de poder y

diferencia– que tiene todo sistema de acción social –incluido el sistema lingüístico–;

y, sin embargo, deja fuera toda referencia a la a c c i ó n como actividad cotidiana,

como capacidad situacional de los actores de operar en un contexto concreto, produciendo

sentido en sus actos particulares de habla por medio de procesos de construcción,

negociación y resistencia simbólica, incrustados en comunidades culturales de

prácticas compartidas, significados cotidianos y actividades rutinarias part i c u l a r e s

(Callejo, 2001: 88-92). Evidentemente la dimensión agencia y la dimensión activi-dad

están directamente conectadas y todo análisis sociológico del discurso, en lo

posible, debe recogerlos en su dinámica de intervención. Bourdieu da por hecho el

enorme poder de la dimensión agencia, pero los usuarios del lenguaje producen sen-tido

a pesar de que no dominan las condiciones de agencia. Por otra parte, los agen-tes

sólo pueden conseguir que su discurso sea efectivo si pasan por procesos colecti-vos

de acción comunicativa y constru c t iva de los sujetos. El planteamiento de

Bourdieu reclama permanentemente el poder –e incluso el poder del Estado–, pero

no hay que olvidar que el sentido propuesto por el lenguaje de los dominantes es

siempre interpretado y reconstruido por el sentido producido en las comunidades

prácticas de los dominados (Calvet, 1998, 2002).

 

Por ello, el poder simbólico encerrado en el lenguaje no presupone, como pre-tende

Bourdieu, un ejercicio de olvido voluntario o de inconsciencia activa 8 , sino

que frecuentemente implica la creencia compartida y la activa complicidad, a pesar

de que no necesariamente estas creencias puedan ser erróneas o fundarse en una

escasa comprensión de las bases sociales del poder. Los usos lingüísticos no sólo

involucran presuposiciones reproductivas (necesarias), sino también, y fundamental-mente,

posibilidades (contingentes) de cambio social.

Bourdieu realmente abre un campo para la sociolingüística, en el que la labor

del análisis del discurso se realiza de manera muy diferente a la tradición estructura-lista

de buscar las estructuras subyacentes al sistema de la lengua; o de las propues-tas

de Chomsky (1983) de encontrar una lingüística del cerebro engramada en las

competencias y capacidades cog n o s c i t ivas de la mente humana y de los productos

que genera: representaciones mentales de forma y significado, construidas a partir

de reglas y principios transformacionales inconscientes de carácter “profundo”.

 

Tampoco se conforma Bourdieu con realizar una versión francesa de la sociolingüís-tica

norteamericana como la de, por ejemplo, William Labov (1983) –muchas veces

escasamente social–, donde el objeto final de conocimiento es la forma en que lo

social crea variedades lingüísticas o dialectales, pero no la forma en que el lenguaje

crea y recrea lo social. Bourdieu, pues, aborda un proyecto sociolingüístico genuino

en su labor de desvelar cómo el lenguaje se construye y construye el poder en los

campos sociales. Pero quizás el modelo de Bourdieu sigue, sin pretenderlo, demasia-do

apegado a la lingüística sin penetrar en el cambio de lo que Bajtín denomina la

translingüística (1986), en la que se considera el diálogo y la intertextualidad, y don-de

no se dan por estabilizados los elementos invariantes o constantes. En el fondo, lo

que hace Bourdieu es convertir el estructuralismo lingüístico en sociológico y lo que

ahora se transforma en constante es la dominación y el poder. Lógica que deja fuera

el carácter inestable, polisémico, contradictorio y creativo de las expresiones lingüís-ticas,

tal y como se producen y tal como se reproducen a partir de un marco social

que no es, según hemos indicado, particular como pretende la pragmática analítica

–en la que se ignoran las determinaciones–, sino concreto, complejo y completo 9 ,

porque está multideterminado por lo macro y lo micro, lo histórico y lo situacional,

la estructura y la acción, el sistema y el actor.

 

Si siempre ha existido la seria duda de que tras las versiones más convenciona-les

de la sociolingüística haya existido algo parecido a una teoría social, se puede

decir para el “caso Bourdieu” que ocurre todo lo contrario: hay una monolítica teoría

social proyectada sobre el trabajo sociolingüístico y el análisis del discurso. Esto ha

hecho que gran parte del análisis del discurso realizado por Bourdieu no sean más

que ilustraciones aplicadas de su teoría del campo/habitus –recuérdense los últimos

análisis de casos de ¿Qué significa hablar?, sobre la retórica de la cientificidad, la

autocensura en la recepción de Heidegger o los textos de Althusser–, o que nos

encontremos idéntico aparataje teórico para analizar temas tan diversos como el len-guaje,

el arte, la pobreza, la escuela, el derecho, la antropología, los estilos de vida,

la dominación masculina, la televisión, etc. (un etcétera que podría completar varias

páginas), lo que le da al estilo Bourdieu un toque algo ortopédico y muy lejano de la

interpretación de los productos concretos en las situaciones concretas. Así, por ejem-plo,

y en coherencia con esto, desde las posiciones situadas en el ámbito del llamado

análisis crítico del discurso, se ha insistido en que el salto desde un concepto como

el de habitus a alguna pieza concreta del discurso es demasiado rápido, casi brutal,

necesitando un buen número de categorías puente –y de teorías de rango medio– que

relacionen ambos niveles y recojan las interacciones (en una doble dirección) entre

ellos (Wodak, 2000: 125).

 

De hecho, la corriente del análisis crítico del discurso 10 se muestra, paradójica-mente,

heredera antes de Foucault que de Bourdieu, siendo teóricamente mucho más

abstracto y descarnado socialmente el pensamiento del filósofo que el del sociólogo.

Pero quizás Foucault (1973) abre, con sus conceptos de prácticas y formaciones dis-cursivas, una 

brecha hacia un análisis más flexible que el reproductivismo sociológi-co

de Bourdieu, al considerar cómo el discurso estructura efectivamente las áreas de

conocimiento por procesos de inclusión y exclusión de las identidades y relaciones

sociales (prácticas que conforman y legitiman los objetos de los que hablan), y cómo

este orden restrictivo y jerarquizador de los discursos puede cambiar, pues las prácti-cas

discursivas se transforman por prácticas que se generan en el contexto de las

estructuras y las instituciones sociales, en las fallas y quiebras de los propios discur-sos

o en la emergencia de otras prácticas discursivas:

 

Hay que admitir un juego completo inestable donde el discurso puede, a la vez,

ser instrumento y efecto del poder, pero también obstáculo, tope, punto de

resistencia y de partida para una estrategia opuesta. El discurso transporta y

produce poder; lo refuerza pero también lo mina, lo expone, lo torna frágil y

permite detenerlo (Foucault, 1978: 123).

 

Por tanto, la jerarquía de discursos tiene efectos concretos y cambiantes sobre

la estructura social, ya que si bien ayudan a mantener el estado de las cosas, también

pueden contribuir a transformarlas o reformarlas. En este punto, el legado que nos

deja Bourdieu es inmenso: los discursos forman un campo lingüístico en el que se

reproducen los poderes sociales, incorporándose –tomando cuerpo, incrustándose–

en nuestras propias percepciones y en nuestra disposición para la acción o la reac-ción.

Pero este legado nos deja sin las herramientas para un análisis de la producción

y la recepción concreta de los discursos por parte de los sujetos concretos, de las

posibilidades dialógicas e intersubjetivas del lenguaje, de la toma del valor –políti-co–

de los significados cotidianos en los hablantes, de la capacidad creativa y refle-xiva

del lenguaje en los sujetos dominados y, en suma, de las formas en las que en la

d i s c u r s ividad abierta afloran las contradicciones y diferencias entre los habl a n t e s ,

como sujetos de grupos sociales que transportan representaciones, imágenes y sím-bolos

que estructuran conflictivamente imaginarios colectivos que hay que interpretar.

 

El mayor homenaje a Bourdieu, el más respetuoso y certero con el enorme valor

de su obra, es seguir pensando en estos puntos en que los esquemas más rígidos de

su obra no le permitieron pensar. Muchas personas en un inmediato futuro abrirán

esos espacios y traspasarán esas fronteras y, con ello, le darán la mejor dimensión

posible a la obra de Bourdieu, el de ser una herramienta para la más abierta y libre

práctica intelectual inevitablemente tomada como práctica social.

 

 

 

 

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______________________________

1 De la abundantísima bibliografía reciente sobre Bourdieu podemos destacar visiones claramente posi-tivas

como las de Bonnewitz (1998), Pinto (1998) o Mounier (2001), presentaciones radicalmente con-trarias como la de Verdès-Leroux (1998), e incluso introducciones con ánimo desinhibidamente peda-gógico como la de Accardo & Corcuff (1998).

2 Las principales referencias sobre el tema del lenguaje, los mercados lingüísticos y la violencia simbó-lica

en la obra de Pierre Bourdieu son: Bourdieu & Boltanski (1975), Bourdieu (1985: 11-39 y pássim),

Bourdieu & Wacquant (1994: 118-151), Bourdieu (2000a: 120-137) y Bourdieu (2001a: 67-157 y pás-sim).

3 Sobre la idea de diferentes tipos de capital que funcionan de manera parcialmente autónoma, pero con

homologías y conexiones evidentes, así como de sus efectos en forma de poder y violencia simbólica, ver: Bourdieu (1997: 23-40), Bourdieu (1999: 65-75), Bourdieu (2000b: 131-175). El sociólogo nortea-mericano Jeffrey Alexander (2000) ha criticado el reduccionismo crítico de Pierre Bourdieu al construir

la cultura como un simple capital cultural, o sea, un elemento de dominación social y no como un regu-lador general de la vida social misma, tal como él mismo propone en su propio programa de investiga-ción –de clara filiación parsoniana–, conocido ya como nueva sociología cultural. Así, la sociología de la cultura de Bourdieu –que no sociología cultural de Bourdieu, según Alexander– no sería nada más que un pretexto para la crítica del poder, pero no un análisis real de las funciones de la cultura en la constitución del vínculo social.

4 Diferentes versiones, a modo de balance, sobre el proyecto sociolingüístico de Bourdieu, se pueden

ver en los trabajos de Muñoz Dardé (1987) y Calvet (2002). También es muy clarificador el diálogo que

mantiene Bourdieu con el crítico literario inglés Terry Eagleton en Bourdieu & Eagleton (2000).

 

5 Sobre la importancia del concepto de hecho social, tal como se plantea en la obra de Durkheim, en la

formación del concepto de lengua en la obra de Saussure, puede verse el trabajo de Beltrán (1991). Por

otra parte, el reproductivismo –heredado tanto de la matriz Durkheim, como de la matriz Saussure– ha

sido una de las críticas más habituales al pensamiento de Bourdieu, demasiado centrado en los procesos

de continuación y poco abierto a estudiar los procesos de resistencia. Así, véanse, por ejemplo, los tra-bajos

de García-Canclini (1990), Giroux (1992) y Lane (2000).


 

6 La idea de cultura popular ha estado presente en el centro de obra de Bajtín (1987) y además ha servi-do

para presentar una de las más fundadas críticas a Bourdieu por parte de Grignon y Passeron al acu-sarlo

de malentender y despreciar todo aquello que no comporte el valor de distinción de la cultura ofi-cial

y de las clases medias (Grignon & Passeron, 1992). Las contrapropuestas, un tanto despreciativas,

de Bourdieu, se encuentran en Bourdieu (2001a: 132-155). Para una introducción de la obra de Bajtín

desde el ámbito de la sociolingüística y el análisis del discurso, en la que se hace referencia también al

trabajo de Bourdieu, ver Peytard (1995).

 

8 Se ha señalado la contradicción entre las continuas llamadas a la movilización social de la última par-te

de la obra de Bourdieu (1998, 2001b) y, sin embargo, la escasa visión que tiene nuestro autor del

cambio social y el escaso papel que juega en el centro teórico de su obra. Parece una especie de ruptura

entre su sociología y su militancia social (Monod, 2001). Además, al considerar de hecho, como señaló

tempranamente John B. Thompson (1984), el habitus como inconsciente, deja en un lugar políticamen-te

paralizador la posición de los actores en lo tocante a su conciencia del campo y del cambio social. Es

así bien paradójico que en los últimos años Bourdieu se ganase la acusación de populista (Mongin &

Roman, 1998; Touraine, 2002), más por sus intervenciones públicas que por el cuerpo de su teoría,

resistente siempre y en cualquier espacio teórico a otorgar a la vida común, o popular, alguna relevancia

que no fuera la reproducción de un campo ya establecido.

 

7 Sobre el carácter de don sin interés –y por lo tanto también regulado por una relación cooperativa,

consustancial como dimensión fundamental a todo lenguaje, y directamente contra Bourdieu, ver Caillé

(1994). Desde otro ángulo, Rancière et al. (1997) nos recuerdan cómo el esfuerzo por conocer la cultu-ra

y la idealización de la misma ha sido uno de los factores fundamentales del progreso y de las luchas

de las clases populares, que han encontrado en ese esfuerzo por adquirir cultura no sólo un motor de

promoción individual, sino también, y sobre todo, un factor de construcción de movimientos sociales y

de cambio social.

 

9 Evidentemente, la referencia al hecho social como “hecho social total” (concreto y completo) es del

clásico francés de la antropología Marcel Mauss (1978).

10 Sobre la impronta foucaultiana en esta escuela, basta con revisar la presencia abrumadora de la obra

de Foucault en los principales libros de Fairclough (1992, 1995) y compararlo con el mínimo, a veces

inexistente, peso que tiene la obra de Bourdieu. Esta sensación se corrobora al consultar una de las tra-dicionales

guías introductorias realizadas en el ámbito anglosajón, como es la de Howarth (2000), en la

que se le dedica un capítulo completo a Foucault y, sin embargo, Bourdieu no es ni mencionado.

 

 

 

 

 

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